martes, 23 de agosto de 2011

¿Tiene sentido la vida con diabetes?


La pregunta suena como medio fuera de lugar, pero me surgió inesperadamente después de ver un muy bien hecho video a base de dibujos animados que de forma cíclica anda circulando por la red y aparece de vez en cuando en correos electrónicos o, por algunas redes sociales. Este video se titula “The Meaning of Life” (El Sentido de la Vida) y en esta ocasión me puso a pensar un poco más. Este video simplemente trae un conjunto de treinta frases cortas, que van conformando un mensaje a base de sugerencias y recomendaciones que, vistas así, en contexto, suenan como verdad incontrovertible.


Estas frases no son nuevas, ni  siquiera originales y han formado parte de innumerables escritos y tratados de esos llamados de “superación personal” que tanto están de moda. Incluso recuerdo haber leído varias de ellas en algunas presentaciones de diapositivas que, como por enésima ocasión llegan a la bandeja del correo, con la fútil esperanza de que me una a la multitud de cibernautas que reenvía hasta el cansancio cuanta cadena llega. Declaro que en general, al llegar a mi correo, todas las cadenas detienen su andar, sin importarme las maldiciones implícitas que contienen.


Pero regresando al tema, las frases del video van dibujando una bella utopía que, independientemente que suene inalcanzable, a poco –al menos en mi caso- comienzan a tener mucho sentido si las tomamos no como una situación de “tienes qué” sino como una indicación general de buena práctica de vida. Sé que a primera lectura hubo algunas que me hicieron reaccionar con un gruñido reprobatorio y pensé, “claro, es más fácil decirlo que hacerlo”. Pero, al meditar con más calma, les voy encontrando mucho sentido, particularmente porque creo que son sensatas en el fondo, particularmente dentro del contexto de una vida dulcemente aderezada con diabetes. Así pues, compartiré las frases.


o   Sé feliz
o   Hazte notar
o   Sigue tus corazonadas
o   Busca una nueva perspectiva
o   Maravíllate
o   Localiza a la gente que amas
o   Ponte metas
o   Ayuda a los demás
o   Baila
o   Apapáchate
o   Enfrenta tus miedos
o   Visita un museo
o   Haz ejercicio
o   Limita tu tiempo frente a la televisión
o   Ponte en contacto con la naturaleza
o   Aligérate
o   Duerme bien por la noche
o   Lee libros, muchos libros
o   Cómprate flores
o   No te compares con los demás
o   No te lastimes ni física ni emocionalmente
o   Ábrete a nuevas ideas
o   No te centres en pensamientos negativos
o   Concéntrate en obtener lo que deseas
o   Date tiempo solo para divertirte
o   Mantén el romance en tu vida
o   Haz una lista de aquello que agradeces
o   Ama a tu madre tierra
o   Quiere lo que ya tienes
o   Se honest@ contigo
 

Insisto, a mi me tomó un buen rato de meditación llegar a mi propia conclusión y, estoy seguro que cada quién tendrá sus propios fantasmas o puntos de gratitud, pero en el fondo estoy absolutamente seguro que cualquiera que sea nuestra condición y estado de ánimo con respecto a la diabetes, hay puntos que de inmediato nos harán sentido y otros que probablemente no tanto o quizá hasta alguno que rechacemos. No importa, a mi me cayeron desde el principio como una ducha gratificante y, lo más importante de todo, cuando me convencí de que todas aportan hacia lo bueno en la persona, tuve un irrefrenable impulso de compartirlo.

Sé que puede haber quien disienta de mi punto de vista y sea cualquiera la opinión que esta entrada despierte, me gustaría ver escritas otras opiniones en este espacio.

viernes, 19 de agosto de 2011

La familia y la vida con diabetes.



“Ya encontraremos un camino, si no, lo crearemos”.

Aníbal


Esta tarde de viernes tomo un momento temprano de la noche para sentarme cómodamente en mi estudio, ya relajado de la semana de trabajo, comenzando el fin de semana y, después de revisar las entradas escritas en fechas previas, decido hacer un alto en la senda para cambiar un poco de tema y dejar hablar con un poco más de libertad a ese yo interno, que a veces se pone de lo más racional del mundo y escoge temas muy técnicos para publicar. Pero hoy, ese ánimo está de buen temple y deja abierta las compuertas del alma para que dejar que fluya, algo más que a cuentagotas, un poco de sentimiento destilado desde el fondo del alma.

Esta vez, hablaré en primera persona y, sabiendo que por lo mismo no puedo generalizar pues la propia experiencia es eso, propia y nadie puede vivir más que su propia historia con diabetes, por lo que sin escribir una larguísima –y aburridísima- relación de argumentos, haré algunas reflexiones que a lo mejor no son siquiera originales y, seguro que habrá alguien que pueda enriquecer el tema con algún comentario personal complementario.

Luego de llevar la cuenta del tiempo que llevo con el diagnóstico -poco más de once años de ser diabético tipo 2- quizá el recuerdo más lejano sea esa sensación de “ya me llevó el tren”, entre derrotado y asustado pues el espectro anticipado había llegado por la puerta principal y se había instalado en la sala junto con la familia. Este espectro. Que aun sigue entre nosotros, ahora tiene una apariencia muy diferente, pero ya llegaremos ahí en unas líneas más. La realidad es que no cabía el optimismo por ningún lado. Ese tipo de entusiasmos creo que solo pasa en películas como “la Novicia Rebelde” y la realidad es mucho más demoledora que lo que Hollywood pueda aportar.

Pero queramos o no, el tiempo pasa y no queda de otra que comenzar a hacer elecciones. Toda elección implica, obviamente, una renuncia y en el caso de la diabetes, la renuncia a muchísimas cosas ni siquiera es elección propia. Lo que si nos toca elegir es cómo habremos de enfrentar esta nueva vida y, ahora sí, comenzar a elegir de qué forma habremos de vivir en adelante y de qué forma habremos de morir.

Insisto, hablaré de mi caso sin hacer juicio de valor y habrá quién no esté de acuerdo con mis elecciones o habrá quien opine que algunas son las acertadas –espero sus opiniones, por supuesto- pero al final, una de las cosas que he descubierto en este azucarado camino es que todos los días tengo que hacer la elección que me mantendrá en control o me desbarrancará al precipicio del descontrol.

Al mirar hacia atrás desde el primerísimo momento en que fui diagnosticado, caí en la cuenta que para bien o para mal, no estaba solo, que la elección que hiciera de cuidarme o no, ya no me pertenecía del todo. Casado, con una extraordinaria mujer y con dos hermosas pequeñas lidiando con la adolescencia, supe que no podía encerrarme en una concha protectora y pretender aislarme pues nos sería justo para nadie. La diabetes no es una enfermedad personal, es de la familia, pues si bien mi esposa no corre riesgo genético por mi condición, automáticamente supimos que mis dos hijas ya llevan esa carga genética que las predispone desde ya y que de no cuidarse, pueden heredar la suerte de ser diabéticas, herencia que ellas no desean ni yo quisiera transmitir, pero ahí está.

Ya que toqué el tema de la familia, debo decir o quizá más bien gritar, que me tocó en suerte una familia maravillosa que –no se qué tan de buen grado, en particular por la amenaza genética implícita-, desde  que comenzó el proceso de aprender cómo cuidar al diabético y qué hacer con él, entendieron casi de inmediato el concepto de que no solo yo soy diabético, la familia lo es también y como diabéticos tendríamos que vivir. Pero, ¿con qué se come esto? Bueno, haré un pequeño paréntesis para definir lo que entendimos como “familia diabética” y cómo lo hemos hecho funcionar. Para comenzar, la palabra solidaridad va en primerísimo lugar; es decir, que en la casa y cualquier actividad que realizamos en conjunto, se elige hacer lo que el diabético tendría que considerar la mejor elección. Si de comida se trata, todos comen lo mismo evitando situaciones como “la comida de la gente y la bazofia del diabético” la idea es recurrir a ingredientes saludables, cocinarlos para que resulten apetitosos y que sean parte de una nueva forma de alimentación para la familia. Todo mundo saldrá beneficiado; los no diabéticos por comer más sano y el diabético por que puede alimentarse correctamente sin ser un paria alimenticio. También parte de esa solidaridad se encuentra en que todos hacen ejercicio juntos y los paseos y salidas a restaurantes, fiesta, actividades de la familia extendida, se procuran cuidando comer de forma similar. En el caso muy particular de mi esposa, quien dicho sea de paso posee un extraordinario toque en la cocina, ha desarrollado una serie de recetas –que ya iré compartiendo en este espacio- que denomino “para diabético gourmet”, pues con los muy limitados recursos que quedan disponibles en cuanto a cantidades y variedad de ingredientes “sabrosos” para un concepto de alta cocina, se las ha ingeniado para presentar aquello permitido y convertir el alimento cotidiano en un banquete digno de los paladares más exigentes. Con ello, que es lo que le sigue a la solidaridad, le estoy más que agradecido pues comer en casa y tener la posibilidad de medir con precisión los alimentos diarios, es como el noventa por ciento del esfuerzo. Lo demás, es también cuesta arriba, pero mucho más fácil de alcanzar de esa forma.

A veces también con la “carga emocional” de padecer la diabetes, se nos olvida aquilatar debidamente el esfuerzo que quienes viven con nosotros tienen que realizar para construir la armonía en las relaciones dentro del hogar para que las tensiones se mantengan en el menor nivel y el cuidado sea menos tortuoso. Mi esposa quien me sigue aguantando y consintiendo merece una súper mención aquí, al igual que mis dos hijas quienes aunque ya no viven en casa, me dan su apoyo moral a la distancia y me hacen saber que están pendientes de mi salud, pero lo más importante, que se siguen cuidando con empeño para mantenerse en buenas condiciones por el mayor tiempo posible.  A ellas, no por injusticia ni por omisión no les había dedicado una entrada con tanta emoción, pero hoy tenía que ser el día adecuado, pues hoy mi ánimo me pidió decirlo y lanzarlo al mundo.

Hoy en día, confirmo, es la familia el mejor soporte de vida, pero no como un salvavidas que se usa en beneficio propio; no, de ninguna manera, son después de todo la mejor fuente de afecto que uno pueda tener y, por supuesto, de aquí para allá, las depositarias y legítimas receptoras del amor que pueda ser capaz de dar.

Hoy día hay muchísimas definiciones de familia, pero no importa cómo esté constituida, sea cual sea su forma y tamaño, es el pilar emocional en que podremos apoyarnos y la mejor razón para cuidarnos y compartir experiencias buenas, regulares y malas, pero al final las buenas experiencias son las memorias que mejor atesoramos. Por ello, hoy día puedo decir, sí, me llevó el tren, pero en vez de dejarme arrollar decidí viajar en primera clase y el espectro seguirá de espectador pues no lo dejaré tomar parte en mi manejo de la diabetes, gracias, entre otras cosas, al apoyo de mi familia.

martes, 16 de agosto de 2011

Pensamiento primitivo, ignorancia y diabetes, mala combinación (3ª parte).




Como el tema da para mucho, comenzaré a comentar sobre algunas ideas que se manejan entre ciertos estratos de población y que en muchos casos ayudan a que se promueva la búsqueda de alternativas médicas, particularmente las que se promocionan como poseedoras de propiedades tan fantásticas que incluso ofrecen cura para enfermedades a las que la medicina científica no ha encontrado la solución. Llamaré medicina científica en esta entrada a la reconocida como alópata, para distinguirla de las corrientes “alternativas” o no científicas.

Dentro del grupo de posibilidades, que en sí cada día se van ampliando en el enorme abanico de terapias alternativas, aparecen también fervientes detractores de la medicina científica, entre los que me he encontrado a quienes pregonan sus ideas –muy válidas las opiniones, por cierto- aunque científicamente estén completamente equivocadas, definiendo a la medicina científica como “ciencia sin conciencia”, “medicina mecanicista, molecular y reduccionista”, lo que sea que esos términos signifiquen y otros muchos adjetivos. Quisiera imaginar que pensar así es producto de la etiqueta asignada a la extremada especialización de la práctica médica que la aleja del centro emocional de los pacientes, convirtiéndola en un ejercicio deshumanizado, aunque altamente efectivo.

Estamos de acuerdo en que muchos especialistas, incluso, llegan a parecer unos auténticos ignorantes de aquella medicina que va más allá de su muy ultrarequete estrechamente especializada área de práctica. Esto es particularmente preocupante cuando se pierde de vista que los organismos vivos somos sumamente complejos y que funcionamos como sistemas interconectados con equilibrios muy delicados y cuyas interacciones son íntimamente relacionadas unas con otras. Por ello, no se puede ni sobre simplificar ni realizarla como si una parte estuviera aislada del resto, particularmente en lo que se refiere a un correcto ejercicio en medicina.

Para mejor ilustrar esta situación, citaré una anécdota personal que, estoy seguro, ya la escribí en alguna otra entrada, pero para ilustrar el tema, creo que vale la pena repetirme esta vez. Pues resulta que estando en un evento social donde por razón de la profesión de los anfitriones, había una mayoría de médicos presentes; conversando en la mesa que nos asignaron, entre las parejas que ahí estábamos, había varios doctores y, no sé si a alguien más le suceda, pero por alguna extraña razón, los temas de salud surgen tarde o temprano y en este caso, adivinaron, la diabetes y, la mía en particular. Una vecina de la mesa, educadamente preocupada por saber si podría yo comer lo que se servía, me hizo la obligada pregunta de, ¿y no te hace daño comer esto si eres diabético?, cuando le respondí que llevo cuenta mental de las raciones de lo que como y que mido la comida “a ojo”, añadí que en mi última hemoglobina glucosilada había mantenido mi promedio cercano al 5.6 y me dijo entre azorada y apenada, el médico es mi marido y de inmediato me pidió que le repitiera el dato y, oh sorpresa, su única respuesta fue, “ni idea, yo soy urólogo”. Ya sé a quién le pensaría dos veces antes de consultarlo aunque sé de buena fuente que es excelente médico. Pero más allá de lo anecdótico, es preocupante la poca percepción de sistema que se percibe en el ejercicio de la medicina actual, razón para que exista cada vez más gente que, de forma infundada, no le tiene confianza.

Sin embargo, la medicina científica, así como a veces se le llama despectivamente como reduccionista, mecanicista y otros adjetivos, sigue siendo la única opción segura para buscar una buena salud.

Hay un término que me llama la atención y que se ha convertido en una tendencia que vale la pena comentar. Se trata de la llamada medicina holística, término –holístico-, que definió Aristóteles en su Metafísica y engloba la idea de “el todo es mayor que la suma de sus partes”.  Como decía, siguiendo esta idea, la medicina holística busca, precisamente, combinar aquellos remedios probados que procuran bienestar en conjunto con terapias y medicamentos denominados tradicionales, buscando un equilibrio benéfico para el organismo. Esta visión, en el caso muy particular de la diabetes, es la que pregona que, además de los medicamentos indispensables para su control, llevar a cabo acciones como una actividad física constante y vigorosa aunada a una alimentación sana, completa, equilibrada y suficiente, son indispensables para que se alcance un adecuado control de la glucemia y la salud se pueda mantener en el rango de lo bueno por un mayor tiempo. No es magia, es simplemente sentido común y tener la sensatez de aprovechar, aquí sí, conocimientos milenarios que siguen siendo terapéuticamente válidos. Pero ojo, sirven en combinación con una atención y seguimiento médico adecuado, si se disocian, se pierde el resultado que se busca.

Cuando se habla del tema de la medicina alternativa, por otro lado, se trata de un animal completamente diferente y que no necesariamente cae en el rango de la ignorancia ni del pensamiento primitivo. Se trata simplemente de opciones terapéuticas que desde el punto de vista del rigor científico no han probado de manera consistente su efectividad para curar. Que no se tengan pruebas concluyentes de su efectividad no las invalida, pero por lo mismo, tampoco se pueden avalar sin reserva.

Veamos un caso que en lo personal me apasiona y es la herbolaria, es decir, tratamiento a base de sustancias extraídas de vegetales (raíces, corteza, hojas, tallos, flores, frutos, etc) y que aprovechan las sustancias activas (metabolitos secundarios) de la planta. En sí, toda la farmacéutica moderna nació y se desarrolló a partir de esta disciplina y aunque aún hay algunos medicamentos extraídos directamente de materia vegetal, los medicamentos más modernos son moléculas sumamente complejas producidas bajo diseño en laboratorios  farmacéuticos que cuentan con equipos y tecnologías de punta no accesibles al común de los mortales. Pero regresando a las hierbas, son y seguirán siendo vigentes para muchos tratamientos de afecciones muy diversas, pero como en la medicina alópata, se necesita de un experto para que sean recetadas correctamente. Aquí tampoco cabe la automedicación, pues una dosis equivocada o, peor aún, una aplicación incorrecta, nos puede llevar a dañar permanentemente un órgano vital o incluso, costarnos la vida.

Esta parte, como dije, me fascina pues me permite especular sobre ciencia y conocimiento certero. Es, principalmente en función de la dosis que un producto vegetal puede ser desde totalmente inefectivo e inocuo, hasta prácticamente mortal. Los químicos sabemos muy bien cómo medir e identificar las sustancias activas para un resultado específico y la diferencia de tomar un remedio herbolario o el medicamento que contiene, precisamente, como ingrediente activo. Esa sustancia se conoce como  “metabolito secundario” y es la que actúa benéficamente en el organismo. En una medicina comprada en la farmacia siempre sabremos la dosis, mientras que en la planta de la herbolaria, el contenido de la sustancia que esperamos nos de la salud, dependerá de muchísimos factores entre los que se encuentran el tiempo de cosecha, el ciclo de lluvia y secas, la región, altura, etc. Por el lado positivo, hay que reconocer que los efectos secundarios propios de los medicamentos, a veces no aparecen o son menos severos y los tratamientos suelen ser más prolongados para que el organismo los aproveche.

Quienes defienden “a capa y espada” lo natural o naturista, a veces no consideran el concepto detrás de las palabras “riesgo potencial” o “dosis”  y piensan que por que algo es natural, es sinónimo de benéfico e inocuo. Nada más erróneo. El que una sustancia sea natural, no la libra de efectos indeseables, incluida la muerte del enfermo. Como ejemplo extremo, nada más natural que un alacrán o una cobra del desierto y seguro a nadie se le ocurriría tenerlos como mascota casera y jugar con ellos porque sean “naturales” y por ello ser excelentes bichos caseros. Sí, ya se, a veces peco de exagerado, pero lo obvio del ejemplo indica que sabemos que hay cosas o seres a los que tenemos que mantener con una sana distancia, pero ¿Qué pasa si desconozco las propiedades dañinas de una infusión y me la tomo sin preguntar? Por ello, la recomendación final de hoy es: cuidado, nunca hay que creer todo lo que me digan sin pasarlo por el tamiz del estudio, la duda, la investigación y la validación científica. Esta actitud será siempre el mejor antídoto contra la ignorancia y los “listillos” que quieren obtener beneficios de ello, aun a costa de nuestra salud. ¿O, acaso estaré realmente equivocado?

domingo, 14 de agosto de 2011

Pensamiento primitivo, ignorancia y diabetes, mala combinación (2ª parte).

En la anterior entrada hacía una revisión muy breve sobre la situación del pensamiento científico que está perdiendo impulso en este ya iniciado siglo XXI y que nos está acercando, según parece, de forma lenta pero inexorable hacia un estado de ignorancia social generalizada. Es posible que haya gente –políticos en lo particular- que sientan que eso podría ser una ventaja al hacer una división infranqueable entre el grueso de las masas ignorantes y la elite que los gobierna y les ilumina el camino. Históricamente la humanidad ha avanzado dando traspiés y en ocasiones cayendo muy rápido y levantándose muy lentamente. Sin ánimo de ser exhaustivo, se me ocurre pensar en civilizaciones que nos han dejado evidencia arqueológica que muestra que en su esplendor hubieron alcanzado enorme altura del conocimiento y que también, en un determinado momento, entraron en decadencia y todas ellas fueron, de una forma u otra, arrasadas por efecto de invasiones, plagas y, en algunos casos como el de los Mayas, no está clara la razón de su desaparición como sociedad organizada.

Baste recordar –todos con el prefijo antiguo-, a China, India, Egipto, Perú, Mesopotamia, Creta y Micenas, Asiria y Caldea, Fenicia, Grecia, Roma, Persia, Bizancio, etc. que alcanzaron grandes alturas del conocimiento en diferentes áreas, conocimiento que se vio arrasado por la barbarie en diferentes períodos y de todos, el que probablemente haya sido el más oscuro, fue la “Edad Media” europea, que duró la friolera de novecientos años de barbarie e ignorancia como nunca antes había alcanzado la humanidad y que conllevó la pérdida de casi el total de los conocimientos desarrollados por la humanidad. Afortunadamente, esta situación que comenzó a cambiar en el Renacimiento, llamado así por el resurgimiento del conocimiento que comienza a rescatar el antiguo pensamiento de rigor científico de los griegos antiguos y no ha parado de seguir aportando hasta nuestros días.

Este referente histórico lo menciono, pues sin entender el pasado es imposible comprender nuestro presente y, por supuesto imaginar algún posible futuro. En cuanto a la parte médica se refiere y muy particularmente en el tema de la diabetes, he tenido la oportunidad de mencionar -en este espacio-, algunos avances de la ciencia médica en cuanto a la descripción de la enfermedad y el desarrollo de terapias y medicamentos cada vez más complejos para el tratamiento de la enfermedad.

Por ello, al tratar el tema del pensamiento primitivo y la ignorancia, relacionados con la diabetes, debo ser muy claro al poner por escrito la idea con respecto a lo vigente y lo absurdo al hablar de aquello que sí y lo que no funciona. Primero que nada, debemos caer en la cuenta que estamos viviendo un presente de impresionantes avances científicos en todas las áreas del conocimiento humano, que nos han dado un panorama fantástico de cómo percibir la realidad y que de alguna manera nos obligan a cambiar el paradigma de aquello que considerábamos como “la realidad”. Así, ya no sorprende tanto que en ciertos casos de investigación se pueda disponer de forma rutinaria y extremadamente rápida y precisa el perfil de ADN de un sujeto; que se puedan realizar tomografías por emisión de positrones (PET por sus siglas en inglés) y cientos y cientos de posibilidades que hoy en día permiten identificar pequeñas variaciones del genoma humano, que aunque aún falta muchísimo por avanzar, podremos estar de acuerdo que el camino recorrido por la medicina –y la ciencia en lo general-, nos ha alejado de lo que sabía Hipócrates, fundador de la medicina moderna y que naciera por allá del 460 A.C.

Hay quienes son detractores de la medicina moderna, denominada alópata (término acuñado por los homeópatas, para distinguirse de la medicina científica) y que bajo diferentes denominaciones pretenden buscar remediar el dolor y sufrimiento provocado por la condición de enfermos, en un intento por ofrecer una alternativa a lo que en muchos segmentos de población se percibe como un enorme poder que los laboratorios farmacéuticos y de las instituciones de medicina privada han alcanzado, por un lado y los tristemente frecuentes episodios de falta de ética en el manejo de la praxis médica, de los protocolos de investigación y comercialización de terapias y medicamentos y que han llevado a formar una elite económica que ha convertido la salud en artículo de lujo, abriendo la puerta a charlatanes y oportunistas que ven en esta situación una mina de oro lista para ser explotada y obtener una parte del botín en un escenario en donde pareciera que el principio hipocrático del bienestar del paciente por encima del lucro médico, ha quedado perdido en la noche de la historia.

Es aquí precisamente, donde el pensamiento primitivo y la ignorancia hacen su mejor papel, dañando a la propia medicina. Tanto la denominada alópata, como la etiquetada legítimamente como “alternativa”. Y sucede precisamente cuando ese pensamiento primitivo combinado con ignorancia nos lleva a creer que los productos de la medicina moderna y de los laboratorios farmacéuticos son, dañinos de una forma u otra, o que por ser una opción de medicina inalcanzable por razones económicas, hay que buscar la salud en otras fuentes. Quiero decir que no todo lo denominado como “medicina alternativa” es inválido o que no tenga utilidad. Creo que un pensamiento alrededor del concepto de salud no puede ni debe descartar ninguna faceta válida para garantizar el bienestar del paciente. Ni desconsiderar lo alternativo ni rechazar lo farmacéutico.

He escuchado miles de argumentos a favor de cientos de producto y terapias “alternativas” para “curar” la diabetes, que en su mayoría provienen de gente bien intencionada, que piensa honestamente que el remedio es bueno y que funciona. Por otro lado, hay infinidad de charlatanes deshonestos que se anuncian en periódicos, televisión, radio, cine, internet, etc. para promover cualquier cantidad de cosas que saben bien solo sirven para que los incautos los compren y los paguen y, listo, ya se hizo el negocio. ¿Y la salud?, bien gracias, a nadie le importa. La gente que cae en esos engaños lo hace esperando encontrar un milagro y, desafortunadamente son víctimas de inescrupulosos comerciantes de pociones de feria, sin valor terapéutico y cuyo único objetivo es un lucro sin mucho esfuerzo. Incluso, hay productos que son buenos -como algunas cremas por ejemplo-, que para subirles el precio o distinguirlas de la competencia, las anuncian con absurdos como que restauran la piel, quitan las arrugas (una de las mentiras más comunes), que corrigen várices, que rejuvenecen y muchas otras, lo que convierte a un posible muy buen producto, en una estafa por no cumplir con lo que promete. De aquí en adelante, la imaginación es el límite.

Por otro lado, hay muchísimas terapias y productos no farmacéuticos que coadyuvan al bienestar del paciente e incluso, en algunos casos en el proceso de convalecencia y que caen perfectamente en la categoría de “alternativa” a los fármacos. El caso más sabroso es el de la sopa de pollo. Sabemos que no cura, pero aporta nutrimento equilibrado, saludable y restaurador que ayuda al organismo en su recuperación. El remedio de miel de abeja con limón, que ayuda a desinflamar en caso de tos seca o la variación de las gárgaras de limón con bicarbonato, que funciona como antiséptico local en caso de infección leve en las amígdalas. Podría seguir y seguir dando ejemplos, pero los dos mejores me los reservo para finalizar esta entrada y son directamente indispensables para el correcto control de la diabetes, particularmente la tipo 2 y, por supuesto no existe ningún laboratorio que las produzca y son, ejercicio y un buen plan de alimentación. Es más, un diabético tipo 2 de reciente diagnóstico pudiera llegar a controlarse solamente con dieta y ejercicio, ya que estos factores combinados por si solos, ayudan a bajar de peso, estimulan el correcto funcionamiento del sistema metabólico, ayudando a que disminuya la resistencia a la insulina y aumente la calidad de ésta. A los diabéticos con muchos años de serlo, nos es más difícil y dependemos de terapia combinada de las anteriores y algún producto de laboratorio, ya sea como hipoglucemiante o insulina, solos o combinados.
Seguiré con el tema para la próxima entrada.

sábado, 13 de agosto de 2011

Pensamiento primitivo, ignorancia y diabetes, mala combinación.


Hace algunos días estuve leyendo el número de agosto de la revista Astronomy, y me topé con un artículo sobre la crisis de la educación científica en los Estados Unidos, en donde el autor expresaba su preocupación con respecto al poco interés de las generaciones jóvenes por seguir cursos o carreras que lleven implícita alguna disciplina científica, a saber, física, química, biología y, por supuesto, las temidas matemáticas. Explica el autor que al preferirse los estudios sobre temas no científicos, como áreas administrativas, cursos de arte o comunicación, las nuevas generaciones pierden en mucho la capacidad del pensamiento crítico y la curiosidad para plantearse las preguntas que son siempre el tema de las ciencias, tales como: cómo, cuándo, dónde y el imprescindible por qué.

Según la ciencia, los seres humanos contemporáneos llevamos algo así como 140,000 años sobre la tierra y hemos desarrollado de manera paulatina el dominio sobre las demás especies que pueblan la tierra. Por supuesto, aunque está comprobado que el Homo Sapiens de hace 140,000 años tenía prácticamente la misma capacidad intelectual que los Homo Sapiens de hoy día, a nadie se le ocurriría la peregrina idea de pensar que la vida y las civilizaciones de la época fuesen al menos igual o más avanzadas que la actual civilización occidental de base tecnológica.

Regresando a la revista Astronomy, otro punto expuesto en el artículo que inspira esta entrada, es sobre la enorme cantidad de apoyo y difusión que actualmente se le da a temas de la llamada pseudo-ciencia. Es decir, patrañas e invenciones sin sentido que, utilizando el lenguaje de la ciencia y algunos datos científicamente comprobados, toman, a partir de ahí, una serie de conclusiones o postulados indignos incluso para la trama de una mala novela de ciencia ficción. Fantasía pura con lenguaje de ciencia, elaborada con frases impactantes y un lenguaje plagado de generalidades, típicas de los escritores de horóscopos, que ofrecen soluciones de tipo existencial, espiritual, trascendental y hasta la cura de cualquier enfermedad. Las típicas, VIH SIDA, cáncer (cualquier tipo) y obviamente diabetes.

El problema con esto, es que al empezar a permear en la sociedad este tipo de doctrinas de lo absurdo y falsas ideas, totalmente ajenas a la verdad probada por la ciencia,  adquieren una difusión en los medios masivos, desplazando a la verdad científica por propaganda llena de frases rimbombantes, que por supuesto utilizan términos como “un producto natural”, “la sabiduría milenaria de”, “la receta secreta de los”, “ha sido probada con éxito en infinidad de consumidores satisfechos”, “diseñada por médicos, lo que le garantiza”, en fin, podría llenar páginas y páginas de absurdos propagandísticos y no abarcaría la enormidad del ingenio humano para redactar frases llamativas.

Lo lamentable de esta situación, es que a la ciencia se le margina de la posibilidad de ser trasmitida a las masas, ya que se considera al conocimiento científico como aburrido, árido, poco atractivo e indigno de patrocinio. Esto lleva a una población que ve disminuida su capacidad crítica y acepta como válido todo aquello que le publicitan por televisión o en el cine y, actualmente, por internet. Como dijera un amigo, si no estás en internet, no existes.

Ante la avalancha de anuncios de gente que abusa de la credulidad o la desesperación de los enfermos o la de sus parientes, sacan al mercado pomadas, jugos, extractos, cápsulas y una infinidad de productos que, en el mejor de los casos, contienen un placebo (sustancia inerte que no tiene ningún efecto sobre el organismo) y lo ofrecen como una cura milagrosa a un enorme rango de enfermedades. Hay incluso, quienes montan pseudo clínicas en donde ofrecen tratamientos de “cura comprobada”, eso sí a precios astronómicos a veces, pues como reza el dicho, ¿Cuánto vale tu buena salud? O sea, engañados en lo económico además de en la propia salud. He visto anuncios de productos por demás estrafalarios y que prometen maravillas, tales como que queman la grasa corporal, curan la diabetes, remiten canceres avanzados y otras monerías a cual más de increíbles.

Para una sociedad educada, es difícil resistir una proclama tan tentadora, pero siempre puede funcionar el filtro del escepticismo y no prestarle oídos a los charlatanes. En sociedades como la nuestra en que urge un mayor nivel educativo, es aterradoramente grande la cantidad de gente que cae en estos engaños e incluso hasta los promueve. Como es obvio, el resultado de seguir este tipo de consejos y de tratamientos, solamente logra agravar un de por si mal pronóstico de enfermedad, si no es que cuesta la vida irremediablemente.   

Pensar así, es pensar primitivamente, caer en el peor de los escenarios, el de la ignorancia que nos lleva a terminar creyendo en soluciones mágicas que, sabemos son un imposible, pero que ante la necesidad emocional de encontrar “lo que sea que me cure”, antes de aceptar la fatalidad de un diagnóstico que nos afectará de por vida. Por eso, si por el contrario, confiamos en la ciencia, en la búsqueda de la verdad científica y en la verdadera medicina moderna, estaremos en el mejor de los caminos para tratar nuestra condición de diabéticos, que mucho se ha avanzado para permitirnos llevar una vida normal. Claro, sigo teniendo la esperanza de que pronto se descubra una cura para la diabetes, ¿quién no?, pero mientras tanto, a cuidarse, controlarse con una buena supervisión médica y hacer oídos sordos a los cientos de charlatanes que nos endulzan los oídos como las mitológicas sirenas, solo para descubrir que su intención no es curar ni les interesa si nos estrellamos en los arrecifes de la mala salud.

Como humanidad llevamos recorrido un largo y penoso camino para surgir de la oscuridad primitiva y no debemos perder la visión de lo logrado y, mucho menos, lo que está por alcanzar nuestra inteligente especie. No desoigo la sabiduría milenaria, pero no perdamos de vista que esa misma sabiduría afirmaba que la tierra es plana y que la tierra es el centro del Universo y hoy, gracias a la ciencia, sabemos que la realidad es mucho muy diferente a lo que nos enseñan los sabios milenarios. No caigamos pues, en errores ni engaños.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Diabetes y cyber-terrorismo (2ª parte)


Siempre es tentador sumarse a la corriente de las noticias, especialmente cuando el tono amarillo del escándalo o la llamada “nota roja” nos mueven ese impulso morboso de averiguar los detalles de una tragedia o un evento lo suficientemente fuera de lo cotidiano, como para hacernos voltear y, obtener esa rebanadita extra de información que tanto justifica la existencia de los llamados “reporteros de la nota”, refiriéndose, por supuesto a la nota de color rojo y que la mayoría percibimos como buitres noticiosos.


Esta vez la noticia de color es la reciente explosión de un artefacto casero que fue detonado en el Tec. de Monterrey del Estado de México, hiriendo a dos profesores investigadores del área de robótica y nanotecnología de la institución. Hasta aquí la nota roja, lo que sigue, son los reportes policiacos obvios, que en primeras declaraciones señalan como responsable a un grupo, usando diferentes calificativos según un panfleto encontrado en el sitio. Adicionalmente, entre el atentado y la redacción de esta entrada, aparece por la red un blog donde se reivindica el envío del artefacto y un grupo se autoproclama como responsable del mismo. ¿El nombre del grupo?, no interesa, como tampoco han interesado los locos que a lo largo de la historia han causado graves daños tratando de ganar notoriedad, destruyendo lo que saben son incapaces de construir.

Hoy estoy especialmente indignado no tanto por el artefacto explosivo y las lesiones que causó, que en si es bastante digno de tal sentimiento, sino por el concepto detrás del ataque. Atentar e intentar destruir los avances en nanotecnología por que “las carreras que imparte esta Universidad privada (el TEC) … indudablemente son cómplices directas de la destrucción, manipulación y domesticación de la tierra”.

Sin ánimo de caer en un discurso político, diré que esto me llena de preocupación indignada, precisamente por que cuando estos grupos anárquicos aparecen, su lucha no se basa en aquello que declaran, sino que son grupos de sociópatas, marginados de la civilización que tienen como único afán destruir, lo que sea y quizá el mayor mérito que alcancen, sea el de encontrar un “adversario” original y en turno le toca a la nanotecnología como el villano a destruir. Sin embargo, realmente lo que buscan dañar no es a la nanotecnología –que saben que es un imposible-, sino a personas, lo que convierte al acto en especialmente criminal. Destruir equipos, edificaciones es malo en sí, pero dañar congéneres buscando un pretexto –muy malo por cierto-, para hacerlo, es un acto llanamente criminal.

Salirme de la línea normal de este blog, no es lo común, pero el caso es que casi simultáneamente me llega la noticia anteriormente relatada y la que publica NCYT (Noticias de la Ciencia y la Tecnología), intitulada “Tratamiento más eficaz para la pérdida de visión provocada por la diabetes”. El artículo pareciera no tener ninguna relación con respecto a lo arriba escrito, pero aquí es donde viene lo interesante: se trata de un mecanismo para tratamiento de la retinopatía diabética, principal causa de la pérdida de la vista entre diabéticos y que, propone un avance enorme en donde, hasta ahora, las únicas opciones de tratamiento son medicamentos o terapias laser.

El problema actual de estos tratamientos, es que en el caso de los fármacos, estos son eliminados rápidamente del torrente sanguíneo y llegan en poca cantidad al sitio requerido, por lo que se requiere que sean administrados en dosis masivas que repercuten en otros tejidos, desarrollando reacciones y daños no deseados.

De igual manera, la terapia laser, que ha venido a revolucionar el tratamiento de la retinopatía, en particular la proliferativa, casi inevitablemente quema algunas terminales nerviosas y tejido adyacente, causando pérdida de la visión periférica.

Así pues que lo relevante de la noticia es que el aparato anunciado es un desarrollo de la nanotecnología, sí esa horrible tecnología vilipendiada por estos salvajes. El equipo requiere que sea implantado en el ojo, por detrás de la retina y que vaya dosificando las microdosis exactas para el tratamiento de la retininopatía diabética. Es perfeccionar el tratamiento farmacológico, con una muy buena reducción de efectos secundarios y, se espera, mejores resultados que con la terapia laser (microcirugía, prima hermana de la nanotecnología y la robótica médica).

Entre muchas otras cosas, es contra este tipo de avances que luchan estos tipos que probablemente quedaron, evolutivamente, en el Neanderthal temprano y, por supuesto, son incapaces de entender lo que significa la capacidad plena de la mente humana, sí, el homo sapiens, muy lejano evolutivamente a ellos.

Como diabético, con una retinopatía que afortunadamente aun no está considerada problemática, pero que eventualmente pudiera requerir de un tratamiento en un futuro no demasiado lejano, no puedo, bajo ninguna circunstancia, encontrar justificación del pensar y actuar de los individuos del artefacto explosivo.

martes, 9 de agosto de 2011

Diabetes y cyber-terrorismo



Suena fuerte el título de esta ocasión, pero no se me ocurre otra manera de presentar la noticia que me inspiró para la entrada de hoy. Seguramente ya mucha gente en el mundo médico y de pacientes, en particular de diabetes tipo 1, estarán enterados. Se trata del anuncio sobre la posibilidad de que hackers decididos puedan lanzar ataques a bombas de insulina, pudiendo provocar que las lecturas de estos aparatos envíen valores erróneos, con el potencialmente catastrófico resultado sobre la salud de los diabéticos insulinodependientes que se benefician de esta tecnología.
Pero veamos primero los hechos, antes de correr, presas de pánico hacia el lado contrario de donde suena el estallido noticioso.
Todo empezó durante la pasada “Black Hat Computer Security Conference” (algo así como la “Conferencia de Seguridad en cómputo Sombrero Negro”, sí lo sé, se traduce espantoso) que se realizó en Las Vegas los días 3 y 4 de este mes, en donde Jerome Radcliffe, investigador sobre seguridad y quién es también diabético, expuso que las bombas de insulina y los monitores de glucosa en sangre son susceptibles de un ataque cibernético por parte de algún experto malintencionado. La nota la obtengo, en primera instancia de la publicación “Medical News Today” del propio 4 de agosto y posteriormente, revisé en línea la publicación presentada por Mr. Radcliffe.
Sin entrar en detalles demasiado técnicos, el punto está en que a los equipos capaces de conectarse remotamente para enviar datos a una computadora y, vía internet transmitirlos a médicos o centros de salud, pudiera ser factible “romper” sus códigos e intervenirlos remotamente, alterando su correcta operación y poniendo en riesgo la salud de los usuarios.
Por supuesto que casi de inmediato aparecieron las respuestas acerca de la noticia y las posibilidades de que esto ocurra. Básicamente de los principales fabricantes de estos aparatos, quienes declararon que por supuesto, aunque la posibilidad existe, es sumamente remota ya que se requiere del número de serie del equipo y otros datos del microprocesador, como para realizar dicha intervención. Como respaldo a esta información, está la declaración del mismísimo Mr. Radcliffe quien en la conferencia señaló que él tuvo enormes dificultades para atacar sus propios equipos (menciona meses, no dice cuantos y mucha cafeína), pero al final reporta que tuvo éxito y su temor es que alguien con mejor habilidad de “hacker” y menos escrúpulos pueda hacer un enorme daño a la comunidad diabética.
Este tipo de pensamiento, que ante lo posible, pero poco probable, explota ese temor sobre nuestra propia integridad que repentinamente se percibe vulnerable ante un atacante desconocido, que de manera indetectable nos puede dañar hasta el grado de muerte, desde una cómoda silla, agazapado frente a su electrónica trinchera, disparando –cual despiadado francotirador-, proyectiles cibernéticos que alteran o provocan mal funcionamiento de las bombas de insulina y los monitores continuos. Eso, lamentablemente, se llama terrorismo; provocar un temor paranoico que nos paralice ante un agresor invisible, sabiendo que nuestra salud o supervivencia están de por medio.
Yo quisiera quedar del lado de la serenidad ante esta situación y confiar en que el azar sea benévolo y mantenga a los hackers entretenidos atacando a facebook, a google+ o las grandes corporaciones que han sido sus clientes. Quisiera pensar que un hacker es como un alpinista, que si ve un sitio busca atacar “porque está ahí”, pero no me imagino a un alpinista que escale una montaña para, desde su posición, atacar y buscar dañar a los que vienen ascendiendo. Así que confiando en que los fabricantes tomarán en cuenta esta voz de alarma e irán tomando medidas para eliminar brechas de seguridad en estos equipos, podamos seguir viviendo tranquilos, ya que la diabetes es stress suficiente como para sumarle el temor que un hacker atente contra estos valiosísimos soportes de vida.

sábado, 6 de agosto de 2011

¡Actuemos ya! contra la Diabetes (2ª. Parte)




“Si alguien busca la salud, pregúntale si está dispuesto a evitar las causas de la enfermedad; en caso contrario, abstente de ayudarle”

Sócrates


El pasado 21 de mayo escribía sobre la iniciativa de la OMS (Organización Mundial de la Salud), al respecto de la diabetes tipo 2 y de la cual toma el nombre esta entrada y describí en líneas generales los cuatro mensajes en torno al tema central de la campaña, la que se resume en la frase “LA DIABETES MATA”.
Retomando un poco las ideas centrales de la campaña, estas se resumen en lo general en la implícita amenaza a la vida que deriva de tener diabetes; el enorme crecimiento de casos a nivel mundial, la posibilidad de alcanzar un control para evitar las complicaciones y, que se puede prevenir.
 
Al releer varios de los conceptos que sustentan esta campaña y las anticipadas dificultades para su implementación, que obligan a que el esfuerzo para que se pueda asegurar el éxito en esta cruzada, invite la participación conjunta de gobiernos y sociedad civil (lo que sea que nos imaginemos que puedan representar esos abstractos términos). Bueno, supongo que aquellos que no recibimos el codiciado néctar presupuestal de la ubre estatal, podremos considerarnos -en justicia-, parte se la sociedad civil y así pues, asumiendo mi correspondiente compromiso, escribo a continuación mi reflexión sobre el tema, centrado en la proclama más dura de la campaña, “la diabetes mata”
 
Como lo relata la frase al inicio, nadie, más allá de quien desea un estado de salud alejado de la enfermedad o el caso del enfermo que puede hacerse cargo de su propia enfermedad, ilustra mejor esta percepción. El concepto es duro, pero a pesar de los más de dos mil cuatrocientos años transcurridos desde que la pronunció el buen Sócrates, mantiene una enorme vigencia.
 
Cuando me refiero a la idea que implica el ejercicio de la propia responsabilidad, particularmente en el marco de la diabetes tipo 2, en esta recién iniciada segunda década del siglo XXI, lo hago sobre la necesidad de asumir la realidad, hacer tangible el concepto de “tomar el toro por los cuernos” y ante una enorme cantidad de opciones terapéuticas a nuestro alcance, hacer de forma decidida y continuada, un cambio de vida radical que nos permita alcanzar los niveles de glucosa en sangre lo más cercano posible al rango normal, para un diabético.
 
Soy hijo de un diabético, quien sufrió deterioros a lo largo de su vida, acorde con lo que en los años en que la vivió se manejaba como la “terapéutica de la diabetes”. Su diabetes, al igual que la mía, era tipo 2 y por lo tanto, según recuerdo, lo manejaban con hipoglucemiantes orales (de los de primera generación, supongo) y dieta. Lo más impactante del asunto, era el concepto de “dieta” que vivió. Recuerdo aun con horror que mientras que la familia comíamos juntos opíparamente en la mesa familiar –si, es correcto, me tocó vivir esa época donde aun se reunían las familias a comer todos juntos a la misma hora, pero esa es otra historia-, compartiendo alimentos muy agradables al paladar y por supuesto, lejos, tremendamente lejos de lo que hoy se concibe como una comida adecuada, tanto en ingredientes de suculento sabor, como en cantidades, al pobre diabético se le servía una comida simple, insípida, de un aspecto realmente desagradable y por supuesto nada antojosa. El lógico resultado a esta situación, aunado a una vigilancia estricta –la verdad, todos opinábamos y lo estábamos “cazando” por si cometía un “pecado” sobre lo que comía y hasta el grado de supervisarle los medicamentos. Esto me causaba una enorme desolación que se convirtió en pánico cuando me llegó el propio diagnóstico (la burra no era arisca…). Pero, la moraleja de esta historia nos lleva por otros rumbos.
 
El resultado de las circunstancias en mi padre –marginación, sobrevigilancia, devaluación con respecto a los “sanos” y todo lo que esto implica en el ambiente familiar-, lo llevaron a ser un diabético descontrolado por decisión propia, buscando cuanta oportunidad estuviera a su alcance, para agenciarse comida rica (es decir prohibida), en donde no faltaba el pan de dulce, los chocolates, caramelos, etc. Como resultado, problemas circulatorios en las piernas, problemas de retina, embolias al final de su vida, fueron restándole severamente la posibilidad de una razonable calidad de vida. El punto aquí es que pudo haberse cuidado y posiblemente muchas de las clásicas complicaciones no hubieran existido o, simplemente, habrían sido mucho menos graves.
 
Sin embargo, en descargo de mi padre, diré que, precisamente por haberle tocado vivir casi todo el siglo XX y un poco del XXI, donde los conocimientos sobre diabetes no eran, ni de lejos, lo que son ahora, jamás recibió ni la información, la guía, el apoyo ni la educación que ahora existe disponible para los diabéticos. Es a partir de mediados de la década de los 80’s y debido al enorme problema en que se ha convertido la diabetes en los últimos años, aunado con las pesimistas proyecciones de lo catastrófico que puede ser para los sistemas de salud a nivel mundial la tasa de incremento de nuevos casos diagnosticados cada año y, la cada vez mayor frecuencia en la aparición de complicaciones crónicas de la diabetes (nefropatía, retinopatía, pié de diabético, cardiomiopatía, etc.), que hacen necesarios enormes presupuestos para dar una atención médica adecuada, aunado a la pérdida de productividad por lo discapacitante de estas complicaciones en una población cada vez más joven, es que se ya se hacen esfuerzos hacia la prevención –más vale prevenir que lamentar-, para el manejo adecuado de la enfermedad, o para disminuir las posibilidades de que las complicaciones aparezcan o se conviertan en una situación catastrófica para el paciente o la familia.
 
Por eso, y redondeando el concepto, considero que hay dos situaciones que hacen sumamente dramático el manejo del problema que implica la diabetes, no solo a nivel personal, sino también a nivel social. La primera y la más grave, va en función del problema de desigualdad social, que provoca que una persona con diabetes pueda, de entrada, carecer de un diagnóstico por no tener acceso a un médico e instalaciones de diagnóstico clínico; aunado a una muy probable falta de cultura y conocimientos que le impidan valorar en su justa dimensión el tamaño de su propio problema; Posiblemente, escasez de recursos económicos o de las facilidades necesarias para adquirir y preparar una alimentación sana, completa y adecuada para su condición y, muy probablemente una actitud de no considerar peligrosa su condición pues, la diabetes no duele, lo que duele y mucho, son las complicaciones, particularmente las de origen neuropático. Aquí se debe enfocar de manera prioritaria el esfuerzo mayor, no solo en atención médica, sino en la parte de educación y generación de oportunidades para mejorar su condición.
 
La segunda, es en relación a quienes teniendo el acceso a todo un sistema de salud, recursos económicos suficientes y educación por arriba del promedio, no están de ya, haciendo algo en este sentido. En las condiciones en que vivió, mi padre no tuvo realmente ninguna oportunidad, pero para mi generación y las siguientes, el panorama es mucho muy diferente y entre las cosas que tenemos por hacer, no cabe la excusa de la ignorancia.
 
  • Las señales son clarísimas y están siendo lanzadas continuamente campañas de información sobre la salud, la prevención y la problemática que implica vivir con obesidad, hipertensión y diabetes. Sabemos que la diabetes es hoy en día la principal causa de muerte en México. Que este país tiene el nada honroso primer lugar mundial de obesos adultos y, al parecer –lo leí en algún diario, pero no he localizado una confirmación oficial-, también ya alcanzamos el vergonzoso primer lugar en obesidad infantil. Entonces a quienes teniendo todos los medios a su alcance para alcanzar la salud y asegurarse de mantenerla a lo largo de su vida, les hago la pregunta, ¿están dispuestos a evitar la causa de la enfermedad?, si la respuesta es sí, todos sabemos que estamos en el camino correcto, si la respuesta es no, parafraseando a Sócrates, nos abstendremos de ayudarles. ¿Suena duro? Sí que es duro, pero antes que la OMS, la IDF u otras gentes se apuren y angustien por quien no desea hacerse cargo de su propia salud, enfoquemos los esfuerzos en quienes sí, fervientemente, desean estar sanos.

jueves, 4 de agosto de 2011

Diabetes Mellitus o El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hide.




A veces me sucede que soy de reacción retardada. Bueno, sinceramente, me es una cualidad casi permanente. Cada vez que estoy ante una situación que me toma por sorpresa y la realidad no se comporta como debiera, quedo pasmado, silencioso y como suelo hacerlo me quedo callado o suelto alguna incoherencia indigna de la estatura del problema o situación que retó mi capacidad de resolución inmediata. Por supuesto que queda por allá -escondido, agazapado-, en el fondo del “ego” un resquemor moral por no haber podido reaccionar rápida y oportunamente a la situación que nos movió de nuestra cómoda –pero incapaz-, postura.

A ese respecto, recuerdo una anécdota ocurrida hace ya varios años cuando se realizó la primera o segunda Expo Salud y Medicina, a la que fui públicamente convocado, como lo fuimos todos los que en función de nuestra salud, considerásemos estar ahí. Había unas mamparas en donde se había colocado una cámara de video con la intención de grabar a pacientes diabéticos comentando a dicha cámara su vivencia y sentir como tal. Por supuesto que en ese momento no pude tener acceso a los testimonios, pero afortunadamente un tiempo después fueron subidos a la red y pude dedicar una buena dosis de mi tiempo curioso a ver las entrevistas y enterarme de lo ahí expresado.

Por supuesto que los testimonios eran de lo más variado y, en términos generales llevaban dos líneas básicas, de resignación ante la enfermedad, en conjunto con la esperanza de la aparición de una cura casi milagrosa, pues nadie medianamente cuerdo consideramos que la vida con diabetes sea algo como para morirse de la alegría. Uno de los testimonios, palabras más o menos, expresaba algo así: “yo vivo agradecido a que me dio diabetes, ya que antes cuando estaba sano llevaba una vida sumamente desordenada y ahora que me enfermé me tengo que cuidar y ponerme en control, por eso, estoy sumamente agradecido”.

En ese momento tuve un arranque de coraje y me enojé, en serio, me sentí como personalmente agredido, ya que se trataba de un estado mental que a mí me parecía inaceptable y me sigue pereciéndolo. Sin embargo, aunque no supe que decir, hacer o resolver ante semejante idea, ni siquiera dejé un comentario en el sitio de los testimonios. Realmente no creo haber sido capaz de decir nada constructivo en el momento. Ese es mi talón de Aquiles. Ni modo.

Así, meditando sobre algunas de estas ideas que se van deslizando de a poquito, casi imperceptiblemente y se te prenden y se niegan a soltarte, surge de nuevo ese comentario agradecido que me ha seguido rondando por largos años en la cabeza, pues en diferentes contextos y formas de expresarlo, lo he escuchado muchísimas veces desde aquel entonces. De ello concluyo que la idea tenga un cierto valor en sí al sopesar dos diferentes realidades, opuestas la una a la otra, una percibida como la buena y deseable y la otra, oscura, malvada, agazapada en las sombras para, de una manera casi sutil e imperceptible, dar el zarpazo mortal que nos arranca de cuajo la salud y nos deja huérfanos del anhelado bienestar físico, exactamente como los famosísimos personajes de la novela de Robert Louis Stevenson, que dicho sea de paso, me cautivó en los lejanos días de mi adolescencia.

El buen Doc. Hombre respetable y científico excéntrico que comete la tontería de experimentar en sí mismo, desatando sobre su frágil anatomía fuerzas de la naturaleza más allá de su capacidad de controlar, dando origen al detestable Mr. Hide, terrible en todos aspectos, encuentra que tiene un ser pleno de bajos instintos, sin mecanismos de control y capaz de atrocidades solo imaginables por seres de un inframundo indigno de un mundo de seres humanos civilizados.

Al hacer la correlación de conceptos, uno las partes y, ahora sí, después de haber tenido un tiempecillo para meditar, hago un planteamiento propositivo.

Imagino al estado de ánimo de cualquier persona que entrada en años maduros, de vida percibida sana, sedentaria, con un estilo de vida que le permite organizar sus planes a futuro sin obstáculos perceptibles que tengan alguna dimensión de amenaza y que piense para sus adentros que la vida es bella, es como comparar ese estado mental a lo que equivaldría al balance moral que se esperaría de un respetable médico, enfrascado durante largas horas en su laboratorio, realizando investigaciones para revolucionar loas expectativas de calidad de vida de sus pacientes. Pero, súbitamente ese mundo ideal, estructurado, agradable y libre de angustia, se desmorona ante la aparición de ese diagnóstico que nadie queremos recibir: estimado Dr. Jekill figúrese que tiene diabetes. Aquí Mr. Hide, de repente, sin aviso previo –bueno, puede que si haya avisado pero no hicimos caso., se nos planta de frente en el oscuro callejón y nos revela todos los espectros del terror de una sentencia de por vida y el futuro pletórico de problemas vasculares, ceguera, amputaciones, diálisis, incapacitación para el trabajo y otros más.

Nos hace saber Mr. Hide que lo único que queda en el horizonte es una muy estrecha vereda entre el muro vertical de la salud perdida y el precipicio de las complicaciones de la diabetes. Esa estrecha vereda se llama “control” y la verdad es realmente difícil caminar por ella, sin estar expuestos a perder el enfoque y estrellarnos en el muro de la enfermedad o caer en el precipicio del descontrol –para el cual existe, afortunadamente-, formas de salir. Es en este contexto que gente que ya había vivido lo suficiente con una diabetes no diagnosticada y cuadros de obesidad, hipertensión, pérdida de sensibilidad en pies y piernas y otras complicaciones de un mal desconocido, anuncian –particularmente entusiasmados si es que les está yendo bien con el control-, que agradecen haberse enfermado, pues el cuidado y control les han permitido encontrar formas de vida sana, con una alimentación correctamente balanceada y proporcionada y mas ejercicio con los efectos benéficos que conlleva y que, de no haber sido diagnosticados, jamás hubiesen hecho el cambio.

Así pues, es correcto pensar que todos llevamos –al menos potencialmente-, a nuestro Mr Hide que prepara el ataque a traición a menos que de propia iniciativa hagamos los cambios para que quien se imponga sea siempre el buen Dr Jekill y con él una vida lo más plena que nuestra bien cuidada salud nos permita.

Para terminar hoy, confesaré que ya fui víctima del terrible Mr Hide y vivo el día a día cuidando mi propia salud, pero neciamente diré que aunque reconozco que ahora llevo un estilo de vida infinitamente más sano que antes del diagnóstico, ni por un segundo agradeceré tener diabetes.