martes, 13 de diciembre de 2011

Se acaba el año.


He tenido varios días de abandono a este espacio, situación que ya se está volviendo preocupantemente repetitiva y la verdad es que a veces las famosísimas musas que supuestamente deben inspirarnos a quienes cometemos la osadía de escribir, simplemente hacen sus maletas y se van de vacaciones sin dejar siquiera una nota de despedida o, peor aún, avisar la fecha en que se dignarán a visitarnos nuevamente. Así pues y en pleno síndrome de abstinencia inspirativa, acometo la entrada de hoy.

Primero que nada, reconozco que ahora estoy en mucho mejores condiciones que la última vez que me senté frente al teclado, con mano derecha (reitero, soy diestro), inmovilizada e intentando culminar exitosamente la pasada entrada de este blog. Ahora ya puedo usar ambas manos casi completamente y la escritura fluye muchísimo mejor, por lo que ahora sí, podré entrar en materia sin que las ideas se fuguen como goles en la portería de la Selección Nacional.

Esta vez quiero resumir una serie de ideas que se han venido conformando alrededor del enorme problema en que se ha venido convirtiendo la diabetes, particularmente la tipo 2, a nivel mundial. Es en este 2011 en particular en el que la voz se comienza a alzar y con campañas como la Outrage! (furia!) y la de Actuemos ya!, se ha pretendido comprometer a los gobiernos en todo el mundo de tomar conciencia del tamaño de la potencial crisis que se avecina si no se hace algo realmente radical para revertir la muy preocupante tasa de crecimiento de casos nuevos de diabetes tipo 2 y los niveles en el incremento de los presupuestos de salud, que pudieran llegar a ser catastróficos para las economías de países no desarrollados y en muchos casos, incluso para aquellos considerados como potencias económicas.

Pasó la cumbre de la ONU en New York y ya hubo un compromiso a nivel de jefes de estado para incluir a la diabetes entre el grupo de enfermedades no contagiosas que se presentan de forma epidémica. Alrededor del día mundial de la diabetes hace un mes, el catorce de noviembre para ser precisos, en casi todo el mundo hubo actividades y manifiestos de acción alzando la voz a favor de tomar medidas drásticas, decisivas para revertir la diabetes, que en el caso de la diabetes tipo 2 se ha demostrado que es posible.

En este espacio y en la página de la FMD (Federación Mexicana de Diabetes), quién hospeda generosamente una liga a este sitio, se ha hablado y se sigue hablando y, por supuesto se seguirá hablando sobre las medidas que tenemos que adoptar –y que ya conocemos con claridad- para que dicho cambio se realice, pero falta aun un ingrediente, el cual se define con la palabra: Acción.

Me explico. Hace muchos años leí en algún lado –lo sé no soy el único desmemoriado que lee y olvida la fuente y autor de lo leído, pero casi podría asegurar que fue el libro “Piense y Hágase Rico, de Napoleon Hill- que ni el mapa mejor dibujado es capaz de mover ni un solo milímetro a quién no tiene la intención de viajar y, también está el viejo refrán popular que reza: todo viaje comienza con el primer paso. En estas condiciones debemos reconocer que no hay jornada sencilla y sin tropiezo, pero al final del camino recorrido la recompensa es alcanzar la meta deseada. El secreto es decidirse y no flaquear en el empeño

En las determinaciones que se han venido tomando y las presiones de tipo internacional derivadas del entusiasta y cada vez más creciente papel de las redes sociales en apoyo de las Asociaciones y Federaciones de Diabetes en muchas partes del mundo, para que los Jefes de Estado tomen muy en serio las demandas que implican una mejor calidad de vida, medicamento y tratamientos accesibles a las poblaciones vulnerables, acceso gratuito o a muy bajo costo a servicios médicos y un gran etcétera.

Se ha avanzado mucho en este sentido y estoy seguro que entre la población mundial de diabéticos que contamos con diagnóstico de nuestro problema de salud, cada vez hay un número mayor de personas que comenzamos a recibir información de estos esfuerzos de manera cotidiana y en creciente frecuencia. Hasta aquí tenemos un perfecto mapa dibujado, en donde podemos leer nuestra situación pasada, el problema en el presente y los escenarios posibles dependiendo de la acción o inacción que resulte hacia delante.

Lo que falta y no he encontrado realmente son voces al respecto del componente de la acción personal, individual que participe en primera persona del verbo hacer el dar ese primer paso que nos lleve por la difícil jornada de la disciplina, control y cambio de hábitos de vida. La receta la conocemos, las consecuencias de la no acción ya las sabemos, de nuevo la pregunta es ¿habrá acción? O seguiremos esperando que papá gobierno o algún ente caritativo nos reciban en grado terminal y nos proporcionen atención médica de alta especialidad en donde la única opción sea una acción radical e irreversible como una amputación, una diálisis permanente o finalmente un certificado de defunción al familiar responsable.

Sí, el párrafo anterior suena a nota roja, pero es la realidad y no podemos pretender que por no quererla ver no exista. La diabetes incapacita y al final, nos mata. Por ello, no importa que tan indignado esté el mundo o que tan fuerte se grite un Actuemos Ya! si en nuestro fuero personal no actuamos hoy mismo, nadie podrá darnos la salud que nosotros mismos no nos queramos dar. Como dato final de reflexión, tomo las cifras que publica la FMD sobre los costos de salud y, de acuerdo a las estadísticas publicadas en 2005 había alrededor  de 17 millones de mexicanos con diagnóstico de diabetes (se estima unos 7 millones más la padecen sin saberlo), en total unos 24 millones de mexicanos, casi una cuarta parte de la población.

Sin embargo, sin contar el dolor y el sufrimiento asociado a la enfermedad, que incluye desde el piquete de lanceta para medir glucosa capilar, la inyección de insulina, las complicaciones crónicas y la discapacidad latente en un muy posible futuro, el monto económico para el país por el tratamiento de un diabético bien cuidado versus uno descontrolado y complicado, es: Paciente controlado con dieta, ejercicio y medicamento, un aproximado de $1,500 dólares al año. Un paciente no controlado que puede derivar en una o más con complicaciones crónicas, le cuesta entre la familia y los sistemas de salud, un promedio de 17,500 dólares al año. ¿Es justo que aparte del dolor a la persona y a la familia que genera una complicación, dañemos nuestro patrimonio familiar y social cuando está en nuestra propia voluntad vivir en control?

Yo ya tengo mi respuesta personal, ¿Cuál es la tuya?
        

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